¿Qué pasó en Chiloé en septiembre de 1810?

PORTADA 3

Dando una respuesta simple, lo más sencillo sería decir que en septiembre de 1810 en Chiloé no pasó nada. Sí, nada. Aquí, donde la mayoría de la población era nacida en estas islas, aquellas jornadas de septiembre se sucedieron tal como las anteriores, sin alterarse en lo absoluto la calma. Es más, incluso cuando pasaron los meses y en las provincias centralinas comenzó a reconocerse la importancia del hecho realizado en Santiago, en Chiloé seguía sin pasar nada. Y es que como bien dice Ximena Urbina en texto recientemente publicado en Lima respecto a las independencias, “a nadie en Chile se le ocurrió invitar a participar en el nuevo gobierno de 1810 ni a los sucesivos, al país que estaba más allá de Concepción”. Acá las lógicas eran otras.

Aun cuando es difícil tener acceso a fuentes que directamente nos hablen de las repercusiones o impresiones de los chilotes respecto a esa primera Junta de Gobierno en Santiago, sí podemos reconocer parte de la reacción en la forma de actuar de la administración con posterioridad y que arrastró al resto de la población, asi como en las actitudes y resoluciones de sus gobernantes.

Por ejemplo, el gobernador de Chiloé de ese entonces, Antonio Álvarez y Jiménez, de los escasos peninsulares en el archipiélago y que llevaba más de 20 años en América pues también había sido intendente de Arequipa, no tomó otra decisión que confirmar el juramento con el que asumió, es decir: ser fiel a los intereses de la voluntad Real. En 1811 mandó a celebrar en “todos los partidos de la Provincia” el “feliz acierto del congreso de las Cortes Generales del Reyno” de Cádiz y en 1812 organizó una expedición militar a la ciudad de Osorno, influenciada por los movimientos independentistas, con el fin de “someterla a la debida subordinación de V. Majestad”, haciendo lo propio con Valdivia para poner “a ambas a disposición del Exmo. Sr. virrey del Perú”.

Su sucesor, el cubano Ignacio Justis continuó la reacción en defensa del sistema monárquico y apoyó participativamente a quienes defendieron esa causa en Chile. Ambos siguieron el propósito del virrey Fernando de Abascal, quien más tarde dispuso que el militar andaluz, Antonio Pareja, se dirigiese a la provincia de Chiloé y que allí preparara tropas para combatir contra “los bárbaros” de Chile.

Rodolfo Urbina sostuvo que los chilotes “se consideraron los más fieles vasallos de las Indias y en verdad lo eran, hasta el punto que estando ya privados de encomiendas, marcharon en 1813 contra el reino de Chile en las campañas de la independencia llamando ‘Juntas perversas’ las formadas para romper el lazo político con la monarquía ”

En Chiloé, con la llegada de Pareja en enero de 1813, “el nombre del rey se hizo sentir por todo el ámbito del archipiélago, y la palabra chileno fue sinónimo de insurgente”. Durante dos meses se organizó un ejército para partir a Valdivia y luego a Concepción, siendo estos milicianos, chilotes y valdivianos, verdaderos protagonistas de la contrarrevolución en Chile. Contrarrevolución que hizo estallar la guerra de independencia, una disputa más dentro de la América española. Por su parte Europa y particularmente los territorios monárquicos hispánicos peninsulares enfrentaron la dureza de las guerras napoleónicas y la ocupación francesa, haciendo pensar a elites americanas que finalmente Napoleón Bonaparte sería el nuevo emperador y rey de España y por consiguiente de América.

Luego de un año y medio de intensas batallas por el control de la Capitanía General de Chile, el 1 y 2 de octubre de 1814 se produjo la batalla final de lo que la historiografía chilena ha llamado “Patria Vieja”. En la villa de Rancagua los ejércitos de los “patriotas” liderados por O`Higgins, se enfrentaron a los “realistas” cuyo grueso de tropa eran chilotes, valdivianos y penquistas. Para los patriotas este fue un “desastre”. Para los realistas, los chilotes,  una “victoria”.

Lo sucedido en septiembre de 1810,  fue solamente la reunión del cabildo de Santiago, es decir, la reunión de los principales hombres de la capital que juraron su absoluta fidelidad al rey Fernando VII de Borbón. Hoy conocemos el final de la historia, pero en esos tiempos todo pudo suceder.

Gonzalo Aravena,
Alejandro Orellana.

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