Sobre los chilotes, 1940

“Chiloé –ignoro cuál sea la etimología de este nombre- parece ser un Chile aparte, algo esencialmente diferente a lo que hemos visto hasta aquí. Sus indios tienen un marcado tipo polinésico: son bajos, robustos, relevados de pecho y cortos de cuello. Su carácter suave y dócil. Muchos se mezclaron a los españoles, de manera que hoy día podemos hablar de un tipo chilote: bajito, activo, sonriente, buen marino y amigo de la paz, una especie de indonecio que, a mi modo de ver, es lo mejor que tenemos en materia de raza homogénea, moral y eficiente. ¡Qué agradable país sería el Chile central si estuviera poblado solamente por chilotes! Este pueblo merece una protección más decidida, para que sean ellos, y no otros, quienes colonicen nuestro inmenso territorio del Sur, y al cual ya están adaptados por el clima, la vida, los cultivos y la navegación. Pero ha ocurrido lo contrario; Chiloé ha pasado a ser el ‘finis terrae’ de Chile. Nadie se ocupa de los admirables esfuerzos de esta gente para subsistir. Cuando se les incendia alguna ciudad –y esto ocurre a menudo- las autoridades les envían alimentos y vestuarios en avión, como si fueran una colonia penal… lo demás queda a cargo del chilote. Recordemos, como un ejemplo, que el primer camino que unió Ancud y Castro fue labrado en la selva por un indio: Caicumeo. El gobierno lo premió dándolo tierras; esto es más selva que clarear a golpes de hacha”.        

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