Niñez en Chiloé

La preadolescencia y adolescencia del chilote se plasma en un mundo fantástico entre deidades de la tierra, del cielo y del mar, que hablan de mitos y leyendas que son las primeras enseñanzas orales que recibe. A medida que avanza en este mundo mítico se va adentrando más y más hasta su conocimiento total, quedando atrapado en este mundo fantástico y sin igual. El niño empieza también a desarrollar su imaginación y a crear relatos en torno a seres fantasmales produciendo con ellos un mundo de temor, lo que lo hace ser tímido e introvertido; más tarde irá descubriendo este mundo de fantasía y lo asociará a los hechos reales. Influye en físico y material en que viven, sobre todo en las islas donde la tradición mitológica y cultural lo impacta emocionalmente.

La falta de entretenciones modernas hace que en su vida solitaria se preocupe de la formación de su mundo cultural. De ahí que Chiloé ha dado al país distinguidos marinos, sacerdotes y destacados hombres de letras.

El chilote desde niño se adapta a la costumbre de sus mayores y ejerce todas las actividades dentro de sus condiciones físicas y espirituales y continúa junto a sus padres en los más diversos quehaceres durante la primera parte de su existencia, desempeñando los más diversos oficios, como el chauto en la agricultura; huema para curar ciertas enfermedades; boyerizo, para conducir los bueyes; bote, para cuidar a sus hermanas del amor y ahuyentar pretendientes que no son gratos a la familia; aparcero, para proteger a los niños en las escuelas de las peleas cuando deben regresar a casa; mecedores, aquellos que tienen que mecer las guaguas en una cuna hasta dejarlas dormidas, mientras los padres trabajan; buscadores de leña, para los fogones campesinos; rodeadores de ovejas, para encerrarlas en las tardes en sus corrales; ayudadores de rezos.

Todo esto es como un antesala de oficios menores que, mediante conocimiento y práctica, desarrollará plenamente en su juventud y madurez“.

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