Mujeres de Chiloé

“La habilidad manual de las mujeres de Chiloé se materializa en diversas manifestaciones del quehacer diario.

La campesina tiene una vida múltiple. Con sus manos curtidas por el laboreo de la tierra, corta leña, repara cercos o extrae navajuelas, lacas, loyas o quilmahues, también hila y teje la lana y confecciona variados objetos en fibras de junquillo, quiscal, ñocha, manila, coirón, quilineja o boqui.

Un ejemplo de ellas es Lidia Ascencio González, de rostro duro y recia contextura, quien, junto con sembrar papas, confecciona figuritas de boqui para tener ingresos extras que le permitan alimentar a sus padres e hijos. La artesana, de 48 años, me cuenta que vive en la localidad de Pigüío, cerca de Ancud: ‘A orillas de la marina. Allí teníamos siete hectáreas de campo. Después del terremoto nos quedaron como tres porque el mar se llevó el resto. Sólo sembramos unas papitas porque el terreno no es bueno, lo que hacemos con mi hija y mi hermana, lo mismo que estas cositas de boqui raspado, que vendemos en las calles de Ancud’.

Cuenta: ‘Vendemos y trabajamos todo el año. Vamos también a la fiesta de la Candelaria, donde siempre nos va bastante bien’.

Entre canastos, paneras, lámparas y otros objetos, señala: ‘Esto lo aprendí de mi madre. Ella nos contó que toda la familia ha trabajado en cestería’.

Las delicadas y firmes ramas de sus creaciones no expresan –sin embargo- el itinerario de su gestación: ‘El boqui debemos ir a buscarlo a la montaña, a dos o cuatro kilómetros de nuestra casa, allá en Pigüío, bajo el barro. No podemos traer mucho en cada viaje, porque es lejos y en medio de la montaña no se puede andar con mucha carga. Después de secarlo, se parpa y selecciona para trabajarlo’”.

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