Los Vapores en Chiloé

“Los caminos del mar, en esos viejos y antiguos vapores de la niñez, ahora no existen; sólo quedan sus nombres como mudos testigos, extraviados y extinguidos esos mi9smos nombres que ahora recordamos, los que navegamos tantas veces por el siempre pintoresco archipiélago de Chiloé; el Minita, el Corcovado, Pumalin, el Chacao y tantos otros cuya velocidad y andar –calculado siempre en millas- era a menudo gran tema de conversación y a veces de discusión entre los hermanos y amigos, según se aproximaran o alejaran los horarios de llegada.

Esos barcos a vapor tenían también un itinerario correspondiente entre el litoral y las islas adyacentes, semanal o quincenal; y por supuesto, sujetos a los cambios climáticos tan frecuentes.

Hoy estoy tratando de recordar el regreso de vacaciones entre los últimos años de la década del veinte y comienzos de la década del treinta. El vapor salía de Calbuco, Ancud o Puerto Montt rumbo a la isla grande o Punta de Morro Lobos penetraba de lleno en él y bordeando la isla del mismo nombre ingresaba a la pequeña y hermosa bahía de Quemchi anunciando su arribo con un pitazo ronco y fuerte; disminuía su andar, deslizándose lentamente. Era entonces cuando podía escuchar el característico e inconfundible sonido de la hélice que, primero gritando vertiginosamente a grandes revoluciones detenía poco a poco el frenético andar del vapor; luego se sentía el ruido sordo resonante del engranaje que guardaban las cadenas que sujetaban el ancla, la que estaba siempre adosada por fuera de un costado del vapor, que al desenrollarla y lanzarla al mar con gran estrépito dibujaba ondas en el agua. Mientras los tripulantes colocaban la escalerilla en un costado exterior, ajustando los cordeles del pasamano.

Los pasajeros ya listos e impacientes, esperaban el segundo pitazo que indicaba a los fleteros que podían acercar sus botes ordenadamente. Esto último jamás sucedía porque el empeño en lograr atraer el mayor número de personas era primordial. En esos momentos la brusquedad, los choques, atropellos y refriegas entre ellos formaban verdaderas colisiones. Era un espectáculo de competencia y lucha”.  

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