Tesoros enterrados

“Simples conjeturas o algo real, fundamentado en la quimérica idea de encontrar algún día un fabuloso tesoro. La imaginación del chilote fue forjando esta creencia que con el correr del tiempo pasó a constituirse en mito.

Existe una creencia general en todo el país en el sentido que los entierros provenían de los tesoros que los jesuitas ocultaron en el año 1761, cuando fueron expulsados de América.

La presencia de esta creencia en el Archipiélago de Chiloé tal vez tenga relación directa con los españoles e hijos de aquellos que poblaron estas tierras.

Después de la batalla de Mocopulli, que tuvo lugar el 31 de marzo de 1824, los españoles acaudalados, que tenían grandes cantidades de dinero acumulado, procedían en tiempo bueno a solear sobre frazadas cantidades de monedas de oro y plata para que la hu8medad no las dañara y perdieran brillo.

La incipiente anexión del archipiélago era inminente, por lo cual los acaudalados tomaron la difícil decisión de enterrar sus riquezas. Lo más práctico fue enterrar en algún lugar oculto estos pequeños tesoros en vasijas de barro, piscos cántaros, ollas de fierro, etc., sin siquiera decir o comunicar el lugar a sus descendientes, de manera que se llevaron el secreto a la tumba. Así impidieron que los patriotas se apoderaran de estos pequeños tesoros, los que aún están muy bien ocultos.

Dice Charles Darwin: ‘Isla de Quinchao, esta región es la parte mejor cultivada del archipiélago. Uno de los más ricos propietarios logra acumular a fuerza de trabajo y privaciones mil libras esterlinas, pero en ese caso tal suma es ocultada en cualquier rincón de la casa, porque cada familia, por tradición justificada, tiene la costumbre de enterrar su tesoro en un puchero de barro (especie de olla de greda)'”.

 

 

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