La tierra en Chiloé, 1900

Los terrenos de Chiloé son los más baratos de la República, pero no es posible indicar que los precios fluctúan desde veinte centavos hasta cien pesos por hectárea, según sean la ubicación y demás condiciones y, principalmente, según sea la mayor o menor seguridad que ofrezcan los títulos de propiedad. Aquí, como en todas partes, el suelo no vale sino en proporción del trabajo. Una legua de montaña no equivale, a veces, a media cuadra cultivada.

Con el desarrollo que en los últimos dos o tres años está tomando la ganadería, ya no se ve en Ancud ningún retazo de terreno abierto. Todos se preocupan de adquirir tierras para dedicarlas a la crianza de animales, aumentándose con esto el valor de aquellas. Un ejemplo bastará para demostrarlo. El potrero de San Antonio, con unos 70 animales, fue vendido hace cuatro años en 6.000 pesos; y hoy, ese potrero sin animales tiene ofertas por 12.000 pesos.

Son escasos, felizmente, los grandes propietarios en Chiloé; y digo felizmente, porque constituyen una verdadera rémora y estorbo para toda obra de prosperidad. Sea que ocupen bastas extensiones por derecho de compra o de herencia, sea como simples cuidadores del fisco, sea que los hayan usurpado sin mayores formalidades ( que es lo más corriente), el resultado es siempre el mismo: falta de capitales para cultivarlas, falta de caminos para comunicarse y falta de voluntad para todo. No hacen nada, ni en bien de la agricultura ni de la ganadería, ni de nadie. En su egoísmo solo se preocupan de ensanchar sus dominios y de esperar al forastero que infaliblemente ha de comprarlos. Se han apropiado de los mejores y más extensos terrenos de Ancud, Maullín, de Carelmapu, de Calbuco y de todas partes; meten pleito al mismo fisco, cuyo descuido saben explotar, y le disputan los míseros retazos que aún le quedan“.

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