Hospitalidad chilota

“Fue a las 12:15 de la noche en Dalcahue. Me recibieron con buena cara y con un curanto de cholgas, milcaos y chapaleles a la olla.

¿No sabe que tiene un amigo?, dijo su señora cuando manifesté mi desagrado por tener que molestar tan tarde.

Y efectivamente era tarde. La llegada a Dalcahue estaba provista a las nueve, venía con una lancha bucera que manejaban dos jóvenes conocidos, llevando de paseo a siete profesores de Santiago.

Tuve una gran suerte porque me encontraba en Voigue sin esperanza de poder viajar pronto, cuando llegó la lancha. Nos embarcamos y en Cheniao, contra toda lógica, disciplina, educación y responsabilidad, pasan los jóvenes a tomar vino y uno se emborracha totalmente. Pone el motor en marcha y pasa el resto del viaje durmiendo. Suerte que viajar por mar no es lo mismo que viajar por tierra.

Cuando llegamos a Dalcahue encuentro al Alcalde de Mar y me acoge como un amigo en su casa.

Gracias señor.

En medio de todas las dificultades de viajes, tú te haces presente en la bondad de las personas”.

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