John Byron y Chiloé

“Pusimos tres días en llegar a Chacao, porque las mareas entre la isla y el continente son tan rápidas, que ningún bote puede rendirlas. Aquí se tomaron las mismas precauciones que en Castro; atravesamos una calle llena de soldados armados como los que antes he descrito, excepto unos pocos que realmente tenían mosquetes de mecha, que son las únicas armas que se disponen aquí. Durante el viaje, los soldados nos habían hecho pomposas descripciones del palacio del rey, como ellos llamaban la casa del gobernador, de modo que nosotros esperábamos  ver algo magnifico, pero resultó que aquello no era sino un granero techado y dividido en varios departamentos.

El gobernador estaba sentado junto a  una gran mesa cubierta de un pedazo de sarga colorada y le rodeaban sus principales oficiales. Al cabo de un rato, el gobernador nos hizo sentar, tratado de conversar con nosotros por medio de su interprete, que era un viejo estúpido que no podía expresarse en inglés ni en español, a pesar de que decía haber nacido en Inglaterra, donde había residido cerca de cuarenta años, y que siendo pirata cayó prisionero de los españoles cerca de Panamá”.

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