Corsarios holandeses

“El 3 de junio al pasar entre varias islas advirtieron que los españoles ‘incendiaban sus propias casas’. Al fondear al atardecer vieron en dirección al norte, posiblemente dentro de la ría de Castro, ‘estando ya oscuro, el aire enrojecerse tanto como si toda una ciudad estuviese ardiendo’.

El tiempo tempestuoso y con fuertes ráfagas impidió el avance de las naves durante los dos días siguientes, pero el mayor Blaeuwbeeck con dos botes y su tripulación hizo una maniobra de reconocimiento, aproximándose a la ciudad. Desde la costa fue tiroteado por unas patrullas que sumaban unos 40 o 50 hombres de a caballo y de a pie.

El 6 de junio los corsarios atacaron la capital de Chiloé con su artillería, dejándose ver fuerzas de caballería e infantería, tanto en la playa como en la montaña. ‘Pero cuando ellos nos vieron, como ya había sucedido anteriormente, se fueron al monte’, dice Schmalkalden. Las tropas holandesas de desembarco se apoderaron de una ciudad vacía y no encontraron botín alguno, ‘pues sus habitantes ya habían sacado todo de la ciudad; ellos mismos habían incendiado algunas casas y se habían retirado al bosque’. Las iglesias y otros edificios públicos estaban sin techo y completamente vacíos, incluso la de la Compañía, única techada con tejas, tan difíciles de hacer con aquel clima. Los 180 vecinos con sus familias y servidores se habían esfumado obedeciendo, sin duda, las ‘órdenes del anciano general don Fernando de Alvarado, sucesor de Herrera en el gobierno de la provincia'”

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