Anexión de Chiloé

Aún tomadas las fortalezas de San Carlos, los demás de la provincia para su rendición, era preciso tiempo, y perder el invasor muy considerable número de gente, si los esforzados chilotes tratasen de defenderse en regla, pues la localidad, las montañas, cubiertas de bosques impenetrables, la aspereza de sus caminos, la porción de islas y canales, como la inexpugnable Venecia, lo lluvioso en todas sus estaciones, sus fangales, crecientes y vaciantes que cortan los caminos de las playas por lo terrible de sus mareas, y otras infinitas circunstancias, hacen que cada punto que se pisa, sirva de apoyo para una ventajosa, tenaz y segura defensa, pudiendo hacerla diez contra ciento. No tiene la República de Chile un punto más difícil de ser tomado, si se tiene interés en defenderlo, sin comprometer acción campal, pues su guerra debe ser de montaña, sin que sirva de convenimiento su rendición en 1826, en que mediaron circunstancias imprescindibles, que la hubieran evitado por entonces, si el Gobierno por la fuerza se hubiera situado en el interior, como pensó anteladamente y después no tuvo efecto.

Que ‘Los Misioneros Apostólicos usaron el crucifijo en una mano y en la otra las armas animando al pueblo’. No se recuerda haber habido un ejemplar de semejante ocurrencia, ni habrá un solo individuo que, queriendo decir verdad, pueda asegurarlo; pues aún, en ese entonces, no existían en San Carlos, más misioneros que el Padre Barruti y el Padre Alcalde; el primero capellán del batallón veterano de aquella guarnición, inseparable de San Carlos, y el segundo octogenario, retirado en su convento.

No hay pues un fundamento para denigrar la animosidad de los chilotes, bien conocidos en el campo de Marte, y acciones heroicas en el mismo Chile que realzan su valor, sus nombres y comportación, y más en defensa de su país, constituidos en aquellas circunstancias a la misma defensa, en razón de su fidelidad, dispuesta a conservar el derecho de la Monarquia Española. Ellos fueron fieles, y no conquistados como el resto de la América, y sus grandiosas hazañas, llenas de valor, religiosidad y comportamiento, textifican la espectabilidad de esta ocasión, en favor de aquella Galicia, que principió la Guerra de Chile en 1813, hasta su capitulación en 1826 un año y más posterior a los acontecimientos de Ayacucho, donde finalizó la acribillada bandera que había flameado, por 14 años, constantemente entre sus enemigos, en las campañas de Chile, alto y bajo Perú en la que fijaba su buen nombre el batallón voluntario de Castro, de la Provi9ncia de Chiloé, del que tanto honor mereció el escritor de esta historia pro haberlo creado y haberse hallado siempre a su cabeza, hasta su separación del Perú. No se juzgue parcialidad en esta manifestación, en que los hechos son tan recientes y notorios, y en la que sólo obra la verdad, la razón y la justicia apelando a los infinitos testigos que existen aún en ambos hemisferios”.

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