Abtao

Este libro escrito por Medardo Urbina, lleva en su contratapa la siguiente presentación:

“El choque tectónico milenario de las placas de Nazca y de Sudamérica han generado el hundimiento progresivo del extremo sur occidental del continente en las aguas del Océano Pacífico, en su desplazamiento hacia el oeste y han dado origen al territorio desmembrado de innumerables islas, fiordos y canales que se inicia desde el Canal de Chacao al sur, empezando con el Archipiélago de Chiloé, que contiene más de 120 islas. Este magnífico proceso geológico que explica la Deriva Continental, los nativos chilotes lo han conservado en la tradición oral como “la lucha de las culebras Ten Ten y Cai Cai vilu”.

Así, la Isla Grande de Chiloé exhibe su costa occidental abrupta y ruda expuesta al oleaje del Océano Pacífico y a las lluvias inmisericordes generadas en el océano, mientras el margen costero opuesto, oriental o interior, es de costas suaves, onduladas y bajas. Desmembrada y sinuosa, deja miles de fiordos, canales, bahías, cabos, penínsulas y estrechos que dan al paisaje un aspecto variable de verdes lomajes, cuyos pies son amablemente bañados por un mar tranquilo y apacible, que permite la navegación de dalcas, goletas, faluchos, botes y lanchas; donde el hombre se ha establecido desde tiempos pre-colombinos en cavernas (chonos) primero, luego en aldeas nativas (cuncos, payos y huilliches) y posteriormente en villorrios y ciudades con la llegada de los conquistadores españoles. De norte a sur van apareciendo en las costas: Ancud, Chacao, Quemchi, Tenaún, Dalcahue, Achao, Curaco de Vélez, Castro, Rauco, Chinchi, Queilen, Compu, San Juan, y San Antonio de Chadmo, Chaiguao, Oqueldán, Quellón, Puerto Carmen, Piedra Blanca, Michailelo y Yatac, junto a la Isla San Pedro… Mientras que la costa del Pacífico ofrece sólo dos tímidos sitios poblados: Chepu, en el norte, y Cucao, en el sur.

Entre ambas costas se extiende de norte a sur la Cordillera de la Costa, que en Chiloé adquiere los nombres de Cordillera de Piuchué, desde los lagos Cucao y Hullinco al norte, y Cordillera de Piruril, desde esa depresión transversal al sur. Cordillera prístina, cubierta, cubierta sólo de vegetación nativa, muchos de cuyos parajes son totalmente vírgenes, nunca hollados por el hombre, parajes solitarios y majestuosos, donde predominan el silencio y la armonía naturales… reservados sólo para los pocos que se atreven… o si tienen el coraje de exponer sus vidas con el solo fin de alcanzarlos, como un sueño místico, como un desafío personal… sin un objetivo racional para arriesgar la vida en el intento… sólo porque ¡la Naturaleza llama!, o como decía Mallory, el joven escalador del Everest:… porque está allí.

La Huella de Abtao, minúsculo senderillo perdido en la inmensidad de la selva chilota, serpentea imperceptible, lenta e inexorablemente por la parte alta de los cerros –se encarna sufridamente- hasta trasponer la parte más alta de la Cordillera de Piuchué, para descender luego a las aguas del Pacífico, junto a la desembocadura del río Abtao, recorriendo una naturaleza pura y prístina, guardando sólo para algunos las historias increíbles pero reales que en este libro se cuentan, como un ariete filiforme que introduce al caminante a la oscuridad de lo desconocido, inundando luego de luz, observación y conocimiento nuestros espíritus inquietos”.

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